Por: Allison Guy

La gran cantidad de antibióticos usados por la industria salmonera en Chile, podría estar creando bacterias capaces de resistir antibióticos de uso común en el tratamiento de enfermedades que afectan a los humanos. El hermetismo de la industria y la falta de transparencia en la cadena de suministro, no han permitido a los consumidores enterarse sobre cómo se crían realmente los salmones que terminan en su mesa.

Inundados por antibióticos

Desde 2010, el uso de antibióticos por parte de la industria del salmón en Chile ha ido aumentado año tras año. En 2015, se usaron 660 gramos de antibióticos por tonelada métrica, una cifra que contrasta dramáticamente con los 0,17 gramos por tonelada de Noruega, país que produce más salmón que Chile. Y al compararla con otras industrias, como la producción de carne de cerdo, donde es conocido el alto uso de medicamentos, los resultados siguen siendo desfavorables para los salmoneros chilenos: en 2010, el promedio mundial fue de 172 gramos por tonelada de cerdo, de acuerdo a un estudio de 2015.

Según Liesbeth van der Meer, directora ejecutiva de Oceana Chile, todos los antibióticos suministrados a los salmones son idénticos o similares en su composición química a los antibióticos que se usan en los tratamientos médicos para humanos. La tetraciclina, por ejemplo, se usa contra males tan diversos como el acné, el mal de Lyme y la gonorrea. La trimetoprima, un antibiótico clasificado por la Organización Mundial de la Salud como “medicamento esencial”, es el tratamiento de primera línea para las infecciones de la vejiga. Mientras que los quinolones, una familia de drogas que incluyen Cipro y Avelox, son antibióticos de amplio espectro cuyo uso en acuicultura está prohibido en muchos países.  

Así se crea un monstruo

Diversas investigaciones han demostrado que el excesivo uso de antibióticos permite a las bacterias mutar y hacerse más resistentes a los medicamentos. En 2002, un grupo de científicos examinó bacterias de cuatro centros de cultivo y descubrieron un “alto nivel” de resistencia a la tetraciclina. También encontraron microbios resistentes a múltiples medicamentos en el agua, en el sedimento, en el alimento para los peces y en los propios salmones. Un estudio más reciente, realizado en 2012, reveló que el 81% de las bacterias encontradas en las muestras de sedimento, eran resistentes por lo menos a un medicamento, mientras que el 9% de ellas era resistente a todos los antibióticos probados por los investigadores. Los científicos descubrieron además que la resistencia bacteriana estaba tan extendida que fue “imposible” encontrar un sitio de control limpio en la región de producción salmonera en Chile, lo que indica que las bacterias resistentes se han propagado desde las salmoneras hacia el exterior.

La epidemia de la resistencia

“Los riesgos para los humanos son complejos”, sostiene Marion Nestle, profesora del Departamento de Nutrición, Estudios de los Alimentos y Salud Pública de la Universidad de Nueva York.  “Si las bacterias de los peces desarrollan resistencia a los antibióticos y las personas que entran en contacto con los peces se infectan con bacterias patógenas resistentes a los antibióticos, estos medicamentos no tendrán ninguna utilidad a la hora de combatir la infección”.

En 2011,  investigadores que hacían pruebas con cerdos en China descubrieron E. coli capaz de resistir a la colistina, un medicamento usado como último recurso cuando fallan todos los demás antibióticos. La resistencia a la colistina se propagó rápidamente a otros países. En mayo, apareció por primera vez en Estados Unidos en una muestra de intestino de cerdo, y luego en una virulenta infección a la vejiga que afectó a una mujer de Pennsylvania. 

Los científicos están preocupados que el aumento de superbacterias signifique un retroceso para la humanidad desde el punto de vista sanitario, es decir, el retorno de una época cuando una persona podía morir a causa del rasguño de una espina de rosa o cuando un parto o una cirugía eran, con frecuencia, una sentencia de muerte. Según una estimación, en 2050 la resistencia a los antibióticos podría matar a más personas al año que el cáncer.

Un mar de secretismo

Según van der Meer, es muy improbable que un consumidor se contagie con una bacteria resistente a los antibióticos al comer un filete de salmón crudo. Pero, agrega, no se puede decir lo mismo de los trabajadores acuícolas que están en contacto con los salmones o los habitantes locales que consumen pescados silvestres que viven cerca de las jaulas salmoneras o salmones que se escapan de los cultivos. 

Las enfermedades que infectan a los peces pueden ser genéticamente similares a los patógenos humanos. E incluso las bacterias pueden intercambiar material genético en un proceso denominado transferencia genética horizontal, el cual se cree, es el principal motor de propagación de la resistencia a los medicamentos. 

Pese a estos riesgos, la industria del salmón chilena se ha negado a revelar qué cantidad y qué tipos de antibióticos usa cada empresa. Sin embargo, esto está a punto de cambiar. A principios de junio, un tribunal de apelaciones de Chile ordenó a Sernapesca, la entidad que regula la actividad pesquera en el país, que entregue un detalle desglosado del uso de antibióticos durante 2014.

A partir de la preocupación de los consumidores, algunas tiendas de Estados Unidos han retirado gradualmente el salmón chileno. La mayoría del salmón que se vende en Trader’s Joes’ y todo el de Whole Food no viene de Chile, pero lo más probable es que sí esté disponible en otros negocios y restaurantes. Un representante de Costco se negó a comentar si sus tiendas venden o no salmón chileno, mientras que tanto Walmart como Safeway no respondieron los pedidos de información.

La solución sanitaria

El coctel de medicamentos que los salmonicultores dan a sus salmones es la principal defensa contra la piscirickettsiosis, una enfermedad íctica que provoca lesiones dérmicas, sangramiento interno y la muerte de los salmones. Este mal solo alcanza proporciones epidémicas en Chile. Los brotes que matan a entre el 1% y el 15% de los salmones sin tratar en Canadá o Noruega pueden eliminar hasta al 90% de los peces en Chile.

Paul Midtlyng, experto en enfermedades ícticas de la Universidad Noruega de Ciencias Biológicas, indicó que el “sistema zoosanitario obligatorio” que se aplica en Noruega es lo que probablemente explica el éxito del país a la hora de mantener el control de la enfermedad. En lugar de usar antibióticos, Noruega recurre a vacunas, medidas sanitarias y límites a la densidad y la ubicación de las salmoneras para mantener la salud de los peces.

Aunque actualmente se realizan pruebas de una vacuna contra la piscirickettsiosis en Chile, van der Meer argumentó que esto es solo una solución parche. “Incluso con una vacuna para una enfermedad habrá otros males”, dijo. “No se trata de un brote en particular sino de malas prácticas y pésimas condiciones sanitarias”. La Directora Ejecutiva de Oceana recordó el ejemplo de la epidemia viral de 2007 que mató a más de la mitad de los salmones de Chile y tuvo un costo de US$2.000 millones para la industria acuícola. El virus, que llegó en huevos enviados desde Noruega, creció con fuerza en las jaulas de peces sucias y atestadas que existen en Chile.

La solución para el brote de piscirickettsiosis no está en administrar más antibióticos, sostuvo van der Meer, sino en reducir la cantidad de peces y mejorar las condiciones sanitarias. “Los consumidores deben saber que son parte de un sistema que genera superbacterias”, indicó. “Estamos dañando gravemente el medioambiente chileno solo para que el salmón salga más barato”. 

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