Con cierta frecuencia escuchamos por la prensa que se ha producido un nuevo derrame de aguas servidas o desechos tóxicos en algún lugar de la costa chilena.  Hace unas semanas en la localidad de Ventanas se vertieron 180 toneladas de 2-Etil-1-hexanol provenientes de la empresa Animex. Pocos días después Concón sufrió el tercer derrame de desechos orgánicos en lo que va del año, y ayer la misma localidad se vio nuevamente afectada, esta vez por el vertido de restos de hidrocarburos pesados provenientes de la Refinería de Petróleos Aconcagua, que escurrieron a través de un ducto de aguas lluvias hasta el río y luego al mar. 

Estos lamentables hechos nos deben llamar la atención al menos por dos razones.  Primero, parece que hemos caído en un cierto acostumbramiento frente a estos supuestos accidentes.  Las autoridades competentes, técnicas y políticas, parecen no comprender que existe una relación entre esta seguidilla de eventos y que, más que el azar, lo que ha operado aquí es la insuficiente regulación, falta de fiscalización e irresponsabilidad de algunas empresas en el manejo de los riesgos que generan.  Puede que se curse una que otra multa menor, pero hasta ahora no hemos podido apreciar una conducta activa de las autoridades destinada a construir un sistema de responsabilidad ambiental que permita prevenir razonablemente la ocurrencia de estos hechos.  Segundo,  existe la falsa pero extendida creencia que el mar es capaz de absorber toda la contaminación que cae en sus aguas, y que los efectos de estos desechos finalmente se diluyen sin causar impactos duraderos.  Lo cierto es que las consecuencias de estos eventos son graves y permanecen muchas veces por largo tiempo, en ocasiones de modo perpetuo e, incluso, pueden revestir serios riesgos para la salud humana. 

Una descarga de aguas servidas o domiciliarias significa agregar al ecosistema cantidades de materia orgánica que toman la forma de fósforo, nitrógeno y sólidos suspendidos, entre otros contaminantes.  Una contribución permanente de estas aguas no solamente provoca malos olores y disminución del oxígeno disuelto para la vida acuática, sino que además aumenta las posibilidades de eutroficación, es decir, de un aumento desmedido de algas, provocando el consiguiente desequilibrio ecológico en el área contaminada.
 
La descarga de químicos como los vertidos en Ventanas, por su parte, agrega al medio ambiente un compuesto que, si bien se degrada y no se acumula en los organismos acuáticos, provoca serios daños en la fauna del sector, como lo fue la muerte de peces. Además, pueden causar síntomas como nauseas y dolores de cabeza en las personas que los inhalan.

Debemos recordar que en estas zonas están presentes importantes comunidades de pescadores artesanales que con gran esfuerzo realizan sus faenas de pesca o administran áreas de manejo para explotar de manera sustentable los recursos marinos que comercian, y que alimentan a los consumidores y restaurantes de la zona.  Todos ellos son las víctimas directas de esta sucesión de derrames de contaminantes y, generalmente, no reciben reparación por los perjuicios sufridos.

Si estos eventos ocurren en forma periódica y casi idéntica, es simplemente porque las instituciones y regulaciones actuales lo permiten: no han sido capaces de prevenirlos, hacer valer las responsabilidades que correspondan ni incentivar a quienes generan los riesgos a tomar medidas más estrictas y efectivas para evitarlos. Es urgente avanzar en la revisión de normas como el Decreto Supremo 90, que regula el desecho de contaminantes que llegan al mar, para hacerlas más restrictivas. Junto a ello, se debe disponer de mayores controles para fiscalizar a los más de 700 emisarios submarinos disgregados a lo largo de todo país, así como al ejercicio de actividades empresariales que conllevan riesgos de derrames de sustancias tóxicas.  Estas medidas son elementales para contar cuanto antes con un sistema efectivo e integral de control y responsabilidad ambiental, y no seguir percibiendo estos hechos como meros accidentes aislados.

A continuación:

Control de antibióticos en salmonicultura debe ser prioridad

Leer el artículo siguiente